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¿Seremos la generación de gilipollas que verá el fin del mundo? A lo mejor no es para tanto, pero lo que si que está claro es que vamos a ser la generación que va a ver el fin del petróleo, cada vez queda menos y de peor calidad, eso no es ningún secreto; que la escalada de precios no va a parar, (especuladores y demás nos dicen) tampoco es ningún secreto. Los países “en vías de desarrollo” o las “economías emergentes” como tanto les gusta llamar eufemísticamente a los “medios de incomunicación” a los países pobres, están ocupando su puesto en esta locura consumista y reclaman el mismo derecho a acabar con el planeta que tenemos en el primer mundo. Estando así las cosas, los ricos del mundo cada día son más ricos, pero cuando el chapapote se acabe, se va a acabar para todos y la noticia de su fin va a ser como la de la crisis inmobiliaria, no pasa nada, no pasa nada, y de repente un buen día los titulares dirán, Se acabó, y ya está.
Lo curioso ante esta situación es consumidores y consumidoras en general o somos idiotas, o lo parecemos, porque seguimos sin reclamar al poder político, medidas que protejan el Medio Ambiente y seguimos usando el coche para todo tipo de estupideces prescindibles, nuestras ciudades están llenas de vehículos cuyo lujo y fanfarronería es directamente proporcional a los litros de combustible que consumen, estos vehículos además tienen la costumbre de “volar” sobre el asfalto con un solo pasajero a bordo.
Mientras esto sucede, los políticos miran para otro lado y se llenan la boca con palabras como desarrollo sostenible, transporte ecológico y demás, porque para el que no se haya enterado la ecología es el gran negocio del S XXI, al que se unen todas las grandes multinacionales, y sobre todo las más contaminantes, como eléctricas y petroleras.
Por no fomentar no se fomentan ni medidas tan baratas y sencillas como la construcción de carriles para las bici, ya que el coche tiene derechos inalienables en la ciudad, que aunque no aparezcan en la constitución, prevalecen sobre otros que ahora son mucho menos importantes como los de vivienda, trabajo y demás.
Ante todo esto, sociedad mira para otro lado y le echa la culpa de todo al gobierno, a las multinacionales y a cualquiera que no seamos nosotros mismos; es más fácil criticar que actuar, pero tarde o tempranos vamos a tener que cambiar nuestros hábitos de vida, porque el oro negro, por mucho que nos empeñemos, es finito.
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